Carita de…

Mia Wallace - Pulp Fiction

Puede que no sea la mejor hora, ni el mejor momento, ni siquiera el mejor método para hablar de esto, pero vamos… que es lo que querías. Eso me has dicho. Que te diga lo que quiero.

Mia quiere revancha. Un par de horas en un sofá han sido la primera batalla ganada. Toda una noche en la nada, la primera batalla perdida. ¿Y ahora qué? Esta vez no nos hemos dado un apretón de manos. ¿Qué significa esto? Sí. Quizá sea eso. Que no he estado allí. Aunque me hubiese encantado verte la cara si hubiese sido así.

Probablemente te hubieses puesto nervioso al recibirme. Claro. No es una situación común. Cinco años y trescientos sesenta y cuatro días no son algo que se mida facilmente. Qué conformista. ¿Como te lo permites a ti mismo? Es que no te valoras nada. ¿O es que realmente hay algo aquí dentro que te perturba, Vincent? El primer baile no fue el último. Y gracias. Bueno, sí lo fue, que no hubo ningún apretón posterior a aquel carnavalesco viernes de la primera batalla.

Seguramente yo, que se como soy y me conozco, fingiendo una tranquilidad mayor que la tuya, o tratando de romper una cierta cantidad de hielo, hubiese bromeado a cerca de tus peculiaridades (pensándolo bien, quizá el hielo hubiese sido buen acompañante para Bardett’s) y tú terminarías fingiendo una ofensa aún sabiendo que, en verdad, me gustas.

Acaso habrías tirado de tu única cerveza alemana poco fuerte para compartirla conmigo. Siempre poco fuerte. Porque tú sabes que soy delicada y los chupitos de Jagger, Tequila o cualquier cosa que rasque “un poquito” los dejo para mi personalidad intensita si decidiera salir de mis profundidades.

Si yo hubiese ido allí, me encantaría ver una parte más de esa vida que no se si tienes. Un posible pequeño salón con su posible mueble de CD’s adornado con una buena selección de carátulas y un espacio para esconder tu arte. Un exquisito hilo musical que acompaña una también pequeña terraza soleada que reproduce puestas de sol. Una posible pequeña cocina con una no tan pequeña nevera donde creas delicias y un pequeño baño frente a una pequeña habitación con un armario meticulosamente ordenado, aunque no tanto como el de una madre obsesiva del orden por colores y temporadas, y una cama que posiblemente sería demasiado grande para no ser compartida. Son todo suposiciones, ya sabes.

Quizá si me hubiese pasado te habrías molestado en arreglar la televisión, aún sabiendo que no solemos perder el tiempo con ella. También quiero pensar que ambientarías esa cantidad de metros cuadrados que te rodean. Incluso veo posible la opción de hacer una compra especial, para un supuesto desayuno cuando aún no hay rayos de sol que nos rasguen la mirada. Intuyo que hubieses cocinado uno de mis platos preferidos aunque dándole tus minuciosos toques personales. Es probable que me concedieras el “plato de chica” no vaya a ser que se me suba la testosterona. Además jamás se te ocurriría mirarme al comer ¿no?

Como desde que te conozco duermo poco, terminaría siendo yo la que propondría el ir a la cama. Pero en ningún caso hablaría de dormir. Qué poco caballeroso por tu parte sería haberlo hecho. Menos mal que sé que lo que tú harías sería sacar mi mejor cara de lo que sea. Tú nunca me torturarías hasta cansarte, si es que te cansas alguna vez.

Sé, y pongo la mano en el fuego y no me quemo cuándo digo, que hubieses tenido cuidado de mi todo el tiempo. Que no me soltarías en toda la noche. Nada más que para protegerme, que soy ligera y me pueden robar facilmente. O vete tú a saber. Probablemente lo harías solo para asegurarte de ser tú el  cerebro y el cuerpo de mi homicidio aparentemente involuntario. No sé, no hago más que suponer.

Si finalmente me hubiese presentado en esa nada que podríamos haber hecho “algo” (dijo Mia con la voz entrecortada y aún con la jeringuilla de adrenalina incrustada en su pecho), te juro que no querría hacerte sufrir, pero imagino que por no dejarme sola, tú te habrías levantado conmigo, me prepararías un delicioso desayuno con efecto placebo y vendrías a mi lado escuchando The Shins (?) en un autobús de camino a la estación. Porque claro, podríamos hacer que tú también tuvieras que coger un tren, para así aprovechar una hora más. Una pena sería que uno de los dos se fuera, como siempre, en la dirección contraria.

Pero no, no hubo apretón de manos, porque yo no estuve allí. Tú solo me tocaste una vez, y fue para darme un apretón de manos aquella mañana de aquel carnavalesco viernes, después de haberme ayudado a dormir por primera y última vez.

En cualquier caso, pienso que de haberlo hecho terminaría regalándote un llavero. Pero no fue así, y tecnicamente voy ganando, y yo sé que tú no quieres eso.Yo sé que Vincent quiere la revancha.

 

Domingo por defecto

Hoy es lo que yo llamo un domingo perfecto. Como todo lo perfecto, este domingo ha sido un día aburrido. Me desperté sin resaca y habiendo amanecido ya, respirando un dulce aire norteño. Me duché, me vestí y me fui. Tan pronto salí de casa gocé del placer de ponerme las gafas de sol, estrenando los primeros rayos del año ¡Qué bonita la vida en color sepia!

Me subí al coche y puse mi recién estrenado y último de los  CD’s de los Arctic Monkeys mientras mi madre sufría para no moverse al ritmo, en un alarde de “solo escuchas basura”.

La mejor noticia del día llegó a la hora desayunar en una cafetería cercana, donde al pedir colacao, asumiendo la victoria de este, la respuesta fue un “no, nesquik”. Asentí con la cabeza aguantando las lágrimas de felicidad. Y es que quién bien te quiere te hará nesquiks. Fotografié la escena, para recordar este día como el domingo perfecto.

Al llegar a casabuelos, Magdalena, que así se llama la matriarca, estaba deleitandome con filloas recién hechas, y Pepe luchaba también por perfeccionar su domingo saliendo de la cama. En vista de sus vanos esfuerzos, me senté a su lado y comparamos a Álex López y Neymar entre risas. Volví a fotografiar la escena para recordar lo entrañable de su persona. Probablemente la mejor fotografía que haré en mi vida, aunque solo para mi, claro: mi abuelo, Pepe, con camiseta blanca, en una cama recién hecha de sábanas también blancas, con todas sus canas y su piel morena, leyéndome lo que a él le parecía lo más importante del segundo domingo de marzo en un periódico mientras la luz del primer sol de este 2014 iluminaba la mitad derecha de su cara, haciendo brillar, a su vez, los cristales de sus gruesas gafas de lectura. Fue hasta entonces el mejor de los domingos perfectos. Hasta que tuve que despedirme.

Me fui. Gafas de sol. Arctic. Comida de madre. Limpieza a fondo. Maleta. Sol. Calor. Y finalmente un largo paseo de regreso a Vigo. Un típico domingo sin ningún defecto. Que no por ello es el mejor domingo imaginable. Para eso debería haber ido en la dirección contraria.