Jirafas

 

 

 

 

 

 

Las jirafas, cuando son adultas y libres, duermen generalmente de pie, paradas, pues su altura es su principal defensa contra los depredadores y lo hacen en lapsos de entre cinco y siete minutos durante la noche hasta completar una o dos horas diarias.

Los humanos gozamos del sueño gracias a la capacidad de bajar la guardia toda una noche siempre y cuando estemos en paz con nosotros mismos. Yo, personalmente, soy de las que casi gozan ocho horas cada día. Siempre y cuando no se me de por soñar con reptiles, dientes que se caen, escaleras infinitas o no ser capaz de despertar. Hasta que despierto.

Hoy no he dormido bien. He soñado con un montón de serpientes que se dirigían hacia mi en una playa. Serpientes que  sujetabas por la cola y que no respondían ante ti. Que, cualquiera que fuese su tamaño, se quedaban bloqueadas y ni se movían cuando colgaban entre el índice y el pulgar de tu mano izquierda.

Luego me despertaste. Menos bien. Estaba siendo casi una verdadera angustia. Como la que siento cuando pienso en despeinarte el tupé o en atusarte la barba. Con los dedos. Y en las ganas que tengo de, con los dedos, recorrerte. La silueta. Y de acariciar cada matiz de tu piel o moldearte. Las curvas o las rectas. De sentir cuando sientes mis falanges y dejar mis huellas en tus sábanas. Y de besarte. Las marcas y los lunares. La tontería de tus caderas.

Angustia de no encontrar sino en ti la paz multiplicada de mirar fijamente y durante horas una hoguera en una sola décima de segundo. Como si se tratase de una película de ficción. O de realidad. De no encontrar sino contigo el camino para llegar a recorrer el límite entre tu imaginación y mi realidad.

Angustia de no poder y querer abrazarte, con las piernas, cuando tú me abraces a mi. De querer tu respiración en mis clavículas. De quererte tangente o perpendicular. De querer que hagas de mi interior una masa homogénea, que sea incolora, inodora e insípida, que resulte de mezclarse mis tejidos y mis órganos y que nada funcione. Angustia de necesitar que seas tú, solo, lo que mantenga mi consciencia. Que me despiertes del coma profundo, o ligero. Soñar con los ojos abiertos y las formas deformadas. Tenerte cerca. A ti. Y a lo erógeno de tus orejas. Y las ojeras de mañana. Que me vivas y escuchar tu corazón diciéndome que no estoy muerta. De querer bajar la guardia, en lo cálido, suave, frágil, intenso y… Ven.

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