Playa

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Nunca nos hemos visto en la playa y sin embargo viniste a mi cabeza en una. Podríamos haber ido este verano. Tu, yo y la inspiración que nos damos. ¿Dónde estás, artista?

¿Dónde está ahora tu cabeza? ¿Como conectan tus neuronas? Rompes con cada esquema.

Ven, creativo. Píntame la cara a tu antojo, dibuja los volúmenes de mi cuerpo, sigue mis curvas.

¿Donde estás? Me encuentro sola y aburrida. Busco tu compañía entre sábanas y solo pienso en cruzar de nuevo nuestras miradas. He oído colores cuando estabas y ahora quiero decirte que se que vas a cambiarme la vida. Que me vas a enseñar a ser arte y a hartarte de mi locura. Y de la cordura.

Vuelve, artista, a interpretar mi mente, a cogerme la cabeza y a abrazarme por la espalda. Enséñame tus puntos de vista. Haz sonidos con mi cuerpo. Haz de mi cuerpo un poema. Recita mi nombre en tus versos. Descríbeme en barro con caricias; escultor de mis pensamientos, dibujante de mis miradas, compositor de mis gemidos y autor de mis palabras.

Ven artista a dormir en mi almohada para empujarme a los incendios de tu cabeza. Quiero el calor que tienes dentro. Ábreme los ojos en el último momento cuando me llenes de toda tu imaginación. Enséñame a escribir sin dejar claro a qué o quién.

Acuérdate de mi cuando estés borracho. Mas que cuando no. Mirame con desprecio por haberte corregido, cállame la voluntad de saberlo todo o nada. Haz que explote de conocimiento. Revientame. Veras lo que tengo dentro. Volare en tu interior sobre las llamas y no ardere en ningun momento. Recordaras mi nombre porque lo llevarás escrito dentro con ceniza. No me ignores. Si algo nos falta es ignorancia. A los dos. Que nos lo hemos sabido todo.

Ven a hacerme de tu compañía en esta playa. Porque una vez me faltaste. Y pensé que la vida había muerto.

Ser el más rápido

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Yo quería ser médico. Quería estudiar medicina con lo más profundo de mi ser. Quería salvar vidas en primer lugar; vidas inocentes o no tanto. Quería salvar vidas indiscriminadamente y quería hacerlo yo misma. Quería extirpar tumores, a poder ser cerebrales. Quería arreglar válvulas, trasplantar riñones… quería mirar a la muerte a los ojos durante el resto de mi propia vida.
No quería ser amable, ni buena persona, ni cuidar a nadie. A mi la gente me desespera, por bien o por mal. Yo ni siquiera quería tener contacto con las personas, solo quería arreglarlas. Trabajar en un quirófano arreglando humanos como quien arregla vehículos en un taller. Solo quería mirar a la muerte a los ojos, ser fría, rápida, constante y por ello ser capaz de salvar vidas con mis propias manos.
Otra opción era ser forense, trabajar con la policía, hacer justicia. Buscar criminales, saber leer cada marca en un cuerpo que sucumbió ante la muerte, y de nuevo mirarla a los ojos. Esa era mi pasión, de nuevo, ser médico de una u otra forma.
A algunos esto que digo con total sinceridad les parece desagradable y, a muy pocos, admirable. Me da igual. Solo quería hacer bien, ser útil a mi manera.

Total que no, que no soy médico ni voy camino de serlo. Intenté entrar en medicina por activa y por pasiva y no lo conseguí. Pero si nada cambia mis planes salvaré vidas. Haré cosas para que quienes miran a la muerte a los ojos salven vidas. Y finalmente, aunque la sensación de adrenalina quizá no sea la misma, salvaré vidas.

Le di muchas vueltas, me costó asumirlo, pero no voy a ser médico porque, por la causa que sea, no conseguí estudiar medicina. Pero la vida, la mía al menos, no se acaba. Yo fui la más rápida de muchos. Y la única, de hecho. Y como tal, tengo que hacer honor, y con orgullo digo que soy la más rápida de varios miles que no salieron adelante y nadie me lo puede quitar. Y, al igual que yo, Amancio Ortega, Mick Jagger o cualquiera con la capacidad de leer esto (o simplemente la posibilidad de que alguien se lo lea) tiene esa misma obligación: estar orgulloso y hacerlo saber.

Por ello, hoy, declaro y dejo constancia de que defenderé cada día tal condición y jamás daré por terminada mi vida hasta mirar a la muerte a los ojos; ni siquiera ante un pistacho cerrado, o una muela rota al abrirlo, ni las crisis cualquiera que sea su tipo, ni una persona que tiene la voluntad de irse de mi lado, ni la que tiene la voluntad de quedarse, ni la mala suerte de dormir sola o acompañada, morderme la lengua, atragantarme cinco veces al día, que mi madre escuche a Carlos Baute o mi pareja a Justin Bieber, ni siquiera tener que comer guisantes, ni nada que pudiera, subjetivamente, hacer que se viese alterado mi estatus de Ser Más Rápido de un Conjunto de Varios Miles, lo hará, porque al fin y al cabo… yo soy El Espermatozoide Ganador.

HIWYWH

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No es hora de dormir pero estoy en la cama. Tampoco es hora de tener sexo. Ni siquiera la hora de la siesta. Estoy en la cama sin más. No es cosa mía, pero ¿qué hace toda esta área inexplorada?
No debería estar tumbada. Ni siquiera sentada, pero aquí me encuentro, mirando al aire, al techo, que sé yo. Tengo la mente en blanco, y la cabeza en una almohada. No me había fijado antes, pero hay un cojín acurrucado entre mis brazos y no está haciéndome compañía. No se por qué está aquí. Dile que se vaya, que son tuyos.

Quizá estoy sintiendo una ausencia. Algo que está haciendo que esté en la cama sin tener una razón para ello. Puede que mi subconsciente quiera recuperar alguna serie de momentos que sí han existido. Quizá sean las horas perdidas en la cama con alguien o con algo. O las encontradas.
¿Y si echo de menos?

¿Y si te echo de menos?
Que el ente que sea no quiera, por Dios, que eso ocurra. Por mi integridad, espero (de tener esperanza) no estar reclamando tu compañía sin saberlo. Aclamando tu presencia. Que este frío que hace sea objetivo y no porque no estás abrazándome. Que pueda decir “vuelve” y “no te vayas” sin que vengas a mi cabeza.

Estoy escuchando la BSO de mis viajes más astrales, y después de todos esos orgasmos, una asocia.
Y quiero, y como quiero, hay canciones que dicen que te echo de menos. Aún más. Y no se. Quiero un poco más hoy que ayer.
No se qué me pasa. Hace dos semanas no quería tanto, pero cuidado, porque según las matemáticas aún puedo querer más.

Déjame. Estoy currando y te echo de menos, y de todo lo que digo pocas son las cosas con sentido.
Consentido.
Pero más consentida yo.
Aunque por tu culpa.
¿Y si quiero?
Que quiero decírtelo repetidamente.
Muchas veces.
En muy poco.
Tiempo.

Lucy in the sky with diamonds

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Lo comparan con la esquizofrenia los que lo observan, y con la experiencia mística los que lo padecen. Alguien en Alemania, observando y quien sabe si padeciéndolo describió una fase psicodélica inicial y una fase paranoica final. Dicen que nació hace casi siete décadas, pero yo solo le echo un par. Quien le encontró lo hizo por accidente aunque yo lo conocí mas bien por necesidad. Muchos decían que curaba ciertos males, pero yo siempre supe que era peligroso.

Lo que sí es cierto es que es claro y cristalino, aunque no transparente, y que distorsiona. Que me activa los receptores de la serotonina y todo parece diferente. Me veo, en un bote, en un río con mandarinos y cielo de mermelada. De repente, alguien me llama y respondo muy lentamente. Es una chica con ojos de caleidoscopio. Señala dragones y legionarios que se pelean por subirse a la nube con la que recorro los países árabes de sur a norte. Hasta que se congela y se desliza por una aurora boreal cuyo final conduce al agujero negro que se vuelve de colores a medida que me acerco. Hace que nada sea incoloro, inodoro o insípido. Hace que nada pueda ir mal, y me absorbe con calma desde el otro lado empezando, otra vez, un viaje astral.

A veces lo que dicen es verdad: sufro aumentos de temperatura, se me acelera el corazón, sudo, no duermo si lo tengo, ni quiero, ni falta que hace. Se me seca la boca, tiemblo, se me dilatan las arterias y las pupilas. Veo con claridad dentro de lo más oscuro y me convierte en “La chica con el sol en los ojos“. Cada sonido me parece una sinfonía, y cada una tiene sus propios efectos especiales. Tan pronto estoy volando, como me hundo y exploro el fondo del mar. Me angustio si veo que me falta y desespero por volver a conseguir algo, antes de entrar en locura y caer en el pánico por no saber controlarme a mi. Y huír. Solo para volver a tener algo de eso que se convirtió para mi en una adicción.
O, si no, morir.

Jirafas

 

 

 

 

 

 

Las jirafas, cuando son adultas y libres, duermen generalmente de pie, paradas, pues su altura es su principal defensa contra los depredadores y lo hacen en lapsos de entre cinco y siete minutos durante la noche hasta completar una o dos horas diarias.

Los humanos gozamos del sueño gracias a la capacidad de bajar la guardia toda una noche siempre y cuando estemos en paz con nosotros mismos. Yo, personalmente, soy de las que casi gozan ocho horas cada día. Siempre y cuando no se me de por soñar con reptiles, dientes que se caen, escaleras infinitas o no ser capaz de despertar. Hasta que despierto.

Hoy no he dormido bien. He soñado con un montón de serpientes que se dirigían hacia mi en una playa. Serpientes que  sujetabas por la cola y que no respondían ante ti. Que, cualquiera que fuese su tamaño, se quedaban bloqueadas y ni se movían cuando colgaban entre el índice y el pulgar de tu mano izquierda.

Luego me despertaste. Menos bien. Estaba siendo casi una verdadera angustia. Como la que siento cuando pienso en despeinarte el tupé o en atusarte la barba. Con los dedos. Y en las ganas que tengo de, con los dedos, recorrerte. La silueta. Y de acariciar cada matiz de tu piel o moldearte. Las curvas o las rectas. De sentir cuando sientes mis falanges y dejar mis huellas en tus sábanas. Y de besarte. Las marcas y los lunares. La tontería de tus caderas.

Angustia de no encontrar sino en ti la paz multiplicada de mirar fijamente y durante horas una hoguera en una sola décima de segundo. Como si se tratase de una película de ficción. O de realidad. De no encontrar sino contigo el camino para llegar a recorrer el límite entre tu imaginación y mi realidad.

Angustia de no poder y querer abrazarte, con las piernas, cuando tú me abraces a mi. De querer tu respiración en mis clavículas. De quererte tangente o perpendicular. De querer que hagas de mi interior una masa homogénea, que sea incolora, inodora e insípida, que resulte de mezclarse mis tejidos y mis órganos y que nada funcione. Angustia de necesitar que seas tú, solo, lo que mantenga mi consciencia. Que me despiertes del coma profundo, o ligero. Soñar con los ojos abiertos y las formas deformadas. Tenerte cerca. A ti. Y a lo erógeno de tus orejas. Y las ojeras de mañana. Que me vivas y escuchar tu corazón diciéndome que no estoy muerta. De querer bajar la guardia, en lo cálido, suave, frágil, intenso y… Ven.

Carita de…

Mia Wallace - Pulp Fiction

Puede que no sea la mejor hora, ni el mejor momento, ni siquiera el mejor método para hablar de esto, pero vamos… que es lo que querías. Eso me has dicho. Que te diga lo que quiero.

Mia quiere revancha. Un par de horas en un sofá han sido la primera batalla ganada. Toda una noche en la nada, la primera batalla perdida. ¿Y ahora qué? Esta vez no nos hemos dado un apretón de manos. ¿Qué significa esto? Sí. Quizá sea eso. Que no he estado allí. Aunque me hubiese encantado verte la cara si hubiese sido así.

Probablemente te hubieses puesto nervioso al recibirme. Claro. No es una situación común. Cinco años y trescientos sesenta y cuatro días no son algo que se mida facilmente. Qué conformista. ¿Como te lo permites a ti mismo? Es que no te valoras nada. ¿O es que realmente hay algo aquí dentro que te perturba, Vincent? El primer baile no fue el último. Y gracias. Bueno, sí lo fue, que no hubo ningún apretón posterior a aquel carnavalesco viernes de la primera batalla.

Seguramente yo, que se como soy y me conozco, fingiendo una tranquilidad mayor que la tuya, o tratando de romper una cierta cantidad de hielo, hubiese bromeado a cerca de tus peculiaridades (pensándolo bien, quizá el hielo hubiese sido buen acompañante para Bardett’s) y tú terminarías fingiendo una ofensa aún sabiendo que, en verdad, me gustas.

Acaso habrías tirado de tu única cerveza alemana poco fuerte para compartirla conmigo. Siempre poco fuerte. Porque tú sabes que soy delicada y los chupitos de Jagger, Tequila o cualquier cosa que rasque “un poquito” los dejo para mi personalidad intensita si decidiera salir de mis profundidades.

Si yo hubiese ido allí, me encantaría ver una parte más de esa vida que no se si tienes. Un posible pequeño salón con su posible mueble de CD’s adornado con una buena selección de carátulas y un espacio para esconder tu arte. Un exquisito hilo musical que acompaña una también pequeña terraza soleada que reproduce puestas de sol. Una posible pequeña cocina con una no tan pequeña nevera donde creas delicias y un pequeño baño frente a una pequeña habitación con un armario meticulosamente ordenado, aunque no tanto como el de una madre obsesiva del orden por colores y temporadas, y una cama que posiblemente sería demasiado grande para no ser compartida. Son todo suposiciones, ya sabes.

Quizá si me hubiese pasado te habrías molestado en arreglar la televisión, aún sabiendo que no solemos perder el tiempo con ella. También quiero pensar que ambientarías esa cantidad de metros cuadrados que te rodean. Incluso veo posible la opción de hacer una compra especial, para un supuesto desayuno cuando aún no hay rayos de sol que nos rasguen la mirada. Intuyo que hubieses cocinado uno de mis platos preferidos aunque dándole tus minuciosos toques personales. Es probable que me concedieras el “plato de chica” no vaya a ser que se me suba la testosterona. Además jamás se te ocurriría mirarme al comer ¿no?

Como desde que te conozco duermo poco, terminaría siendo yo la que propondría el ir a la cama. Pero en ningún caso hablaría de dormir. Qué poco caballeroso por tu parte sería haberlo hecho. Menos mal que sé que lo que tú harías sería sacar mi mejor cara de lo que sea. Tú nunca me torturarías hasta cansarte, si es que te cansas alguna vez.

Sé, y pongo la mano en el fuego y no me quemo cuándo digo, que hubieses tenido cuidado de mi todo el tiempo. Que no me soltarías en toda la noche. Nada más que para protegerme, que soy ligera y me pueden robar facilmente. O vete tú a saber. Probablemente lo harías solo para asegurarte de ser tú el  cerebro y el cuerpo de mi homicidio aparentemente involuntario. No sé, no hago más que suponer.

Si finalmente me hubiese presentado en esa nada que podríamos haber hecho “algo” (dijo Mia con la voz entrecortada y aún con la jeringuilla de adrenalina incrustada en su pecho), te juro que no querría hacerte sufrir, pero imagino que por no dejarme sola, tú te habrías levantado conmigo, me prepararías un delicioso desayuno con efecto placebo y vendrías a mi lado escuchando The Shins (?) en un autobús de camino a la estación. Porque claro, podríamos hacer que tú también tuvieras que coger un tren, para así aprovechar una hora más. Una pena sería que uno de los dos se fuera, como siempre, en la dirección contraria.

Pero no, no hubo apretón de manos, porque yo no estuve allí. Tú solo me tocaste una vez, y fue para darme un apretón de manos aquella mañana de aquel carnavalesco viernes, después de haberme ayudado a dormir por primera y última vez.

En cualquier caso, pienso que de haberlo hecho terminaría regalándote un llavero. Pero no fue así, y tecnicamente voy ganando, y yo sé que tú no quieres eso.Yo sé que Vincent quiere la revancha.

 

Domingo por defecto

Hoy es lo que yo llamo un domingo perfecto. Como todo lo perfecto, este domingo ha sido un día aburrido. Me desperté sin resaca y habiendo amanecido ya, respirando un dulce aire norteño. Me duché, me vestí y me fui. Tan pronto salí de casa gocé del placer de ponerme las gafas de sol, estrenando los primeros rayos del año ¡Qué bonita la vida en color sepia!

Me subí al coche y puse mi recién estrenado y último de los  CD’s de los Arctic Monkeys mientras mi madre sufría para no moverse al ritmo, en un alarde de “solo escuchas basura”.

La mejor noticia del día llegó a la hora desayunar en una cafetería cercana, donde al pedir colacao, asumiendo la victoria de este, la respuesta fue un “no, nesquik”. Asentí con la cabeza aguantando las lágrimas de felicidad. Y es que quién bien te quiere te hará nesquiks. Fotografié la escena, para recordar este día como el domingo perfecto.

Al llegar a casabuelos, Magdalena, que así se llama la matriarca, estaba deleitandome con filloas recién hechas, y Pepe luchaba también por perfeccionar su domingo saliendo de la cama. En vista de sus vanos esfuerzos, me senté a su lado y comparamos a Álex López y Neymar entre risas. Volví a fotografiar la escena para recordar lo entrañable de su persona. Probablemente la mejor fotografía que haré en mi vida, aunque solo para mi, claro: mi abuelo, Pepe, con camiseta blanca, en una cama recién hecha de sábanas también blancas, con todas sus canas y su piel morena, leyéndome lo que a él le parecía lo más importante del segundo domingo de marzo en un periódico mientras la luz del primer sol de este 2014 iluminaba la mitad derecha de su cara, haciendo brillar, a su vez, los cristales de sus gruesas gafas de lectura. Fue hasta entonces el mejor de los domingos perfectos. Hasta que tuve que despedirme.

Me fui. Gafas de sol. Arctic. Comida de madre. Limpieza a fondo. Maleta. Sol. Calor. Y finalmente un largo paseo de regreso a Vigo. Un típico domingo sin ningún defecto. Que no por ello es el mejor domingo imaginable. Para eso debería haber ido en la dirección contraria.